Tres datos clave
- El 2 de julio de 2017, Diana Velázquez Florencio, de 24 años, fue víctima de desaparición y feminicidio en Chimalhuacán, Estado de México.
- Por casi una década, la familia Velázquez Florencio ha atravesado por irregularidades y negligencias de las autoridades mexiquenses, que además de negar el apoyo en la labor de búsqueda, incurrieron en tratos revictimizantes y la falta de perspectiva de género en la investigación.
- Frente a la impunidad, Lidia, y su hija Laura han organizado protestas dentro y fuera de Edomex, entre ellas, rodadas por la memoria.
Versiones en audio
Rodeadas por amistades, vecines y niñes, la señora Lidia y su hija Laura reparten botones con la consigna “Justicia para Diana” y nos reciben con mucho cariño. Lidia, sonriente, acomodando su casco rosa, nos invita a acercarnos a la sombra, donde esperamos a las compañeras que vienen de Nezahualcóyotl, municipio que está a unos 10 kilómetros de Chimalhuacán.
Es 1 de marzo de 2026. En tres días, el 4, Diana cumpliría 33 años. Lidia lo dice sin titubear: la media luna que hicimos, con ella al centro, de espaldas al Bordo de Xochiaca, un letrero de la Conagua que advierte “Prohibido entrar. Zona federal” y una cruz rosa de ¡Ni Una M´ás!, es para recordar a Diana fuera del lenguaje forense y judicial.
Diana era una mujer fuerte y soñadora. Le gustaba escuchar la radio a todo volumen mientras se bañaba y acomodar su cabello en trenzas altas. Quería casarse y había considerado la posibilidad de ser madre cuando terminara su carrera en Filosofía y Letras. Esos eran sus planes a largo plazo.
Primero terminaría la preparatoria. Había empezado a vender dulces y le iba bien. Estaba ahorrando para una computadora. Todos los días llegaba contenta a casa y le decía a su mamá que tenía ganas de decorar su espacio y comprar un mueble para acomodar sus libros.
Coleccionar libros de todo tipo —muchísimos de política y no tantos de romance— e ir al tianguis en bici eran dos actividades que disfrutaban Lidia y Diana. Pincelaban un futuro juntas.
“Siempre usado la bicicleta porque es indispensable si vives en estos municipios. Cuando llegamos aquí, todo estaba muy lejos: el mercado, la tienda, las tortillas, el trabajo. [Rodar] es algo muy simbólico. A Diana le gustaba mucho rodar. Entonces, de alguna forma, así reivindicamos su memoria y la tenemos presente” – Lidia Florencio
Así como Marisela Escobedo e Irinea Buendía, Lidia y Laura han recorrido diferentes estados del país. Dentro de Chimalhuacán, pedalean con destino al Memorial de Diana, en el número 22 de la Avenida Francisco I. Madero. Se trata de un mural que formó parte del proyecto “Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”, del dúo artístico La Mal Hablada.
Mientras las demás compañeras estacionan sus bicis en la orilla de la banqueta y algunos bicitaxis y madres que llevan a sus hijos de la mano voltean de rápido, Lidia nos cuenta que las rodadas le hacen sentir que su cuerpo y voz siguen siendo fuertes.
Piensa en el asombro y la energía que sintió al darse cuenta que, al lado de Las Parias Argüenderas —una red de mujeres y disidencias ciclistas que conoceremos un poco más adelante—, ha llegado hasta las Pirámides de Teotihuacán, Puebla y cerca de las 10 Cascadas Arcoíris en Acaxochitlán, Hidalgo.
Aunque no habla de una fecha en específico, Lidia ve con optimismo que, en algún momento, ella, Laura y Las Parias puedan hacer esa rodada a Veracruz a la que llamaron “Iluminando un camino a la mar”. Intervenir las carreteras con stickers con la consigna “Justicia Para Diana” y llevar lonas con su rostro en las canastillas y manubrios de la bici son, como dice Lidia, una forma de hacer que la gente conozca la historia de su hija.
“Hemos hecho rodadas acompañadas de mujeres que son profesionales. Afortunadamente nos han aceptado y rodar juntas ha sido muy satisfactorio porque dices: ‘Ay, nunca nunca pensé llegar hasta allá, pero lo logré.» Se siente muy bonito. La rodada más lejana ha sido a la Sierra Norte de Puebla. Intervenimos las carreteras y dejamos el logo de Justicia para Diana. Ha sido [algo] muy positivo porque luego recibo mensajes en los que [la gente] me dice que vieron el logo de Diana. Entonces una buena manera de transmitir la memoria de mi hija. Si [las personas] no conocen a Diana, van a indagar sobre su su existencia y van a saber qué pasó con ella. También van a saber que era una chica con muchos sueños e ilusiones, que era muy sensible, que tenía una sonrisa hermosa y muchas ganas de aprender; que le gustaba rodar usando sus guantes y su gorra. Cuando ruedo,me parece estarla viendo. [Andar en bici] es algo que me conecta con ella, algo que se queda en mi corazón”.
Uno de los puntos en los que se detiene la caravana ciclista es la Fiscalía General de Justicia de Chimalhuacán, donde hace seis años, el 12 de marzo de 2020, la familia Velázquez Florencio levantó un memorial de más de dos metros de altura con la foto de Diana. “Contra la impunidad y el olvido. Quieres saber qué pasa en el Estado de México” se leía en la estructura sostenida por dos cubos de madera y unas macetas con flores del mismo tono de rosa que la hilera de cruces que las rodeaban.
Lidia es cuidadosa de no arrugar el flyer en el que ofrece $500.000 de recompensa para dar con los responsables del feminicidio de su hija; recarga una de sus manos en el huacal que lleva en la parte trasera de la bici y vuelve a tomar el megáfono. Además de ampliar el alcance territorial y de la red de apoyo que sostiene con colectivos ciclistas, para Lidia y Laura las rodadas son otro espacio de denuncia contra el Estado mexicano.
Mientras desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum asegura que autoridades federales y estatales colaboran en la investigación de los feminicidios y la Gobernadora mexiquense, Delfina Gómez Álvarez, habla de una disminución histórica de este delito, las familias de mujeres que han sido asesinadas en razón de género escuchan y miran con desconfianza. El discurso oficialista no coincide con sus realidades.
“Le estamos recordando a las instituciones [y autoridades] que estamos aquí porque no creemos en sus discursos. No creemos que las muertes, los feminicidios y los homicidios van a la baja. No es cierto. Nosotras las mujeres que habitamos en estos lugares de peligro, sabemos que en cualquier momento nos pueden arrebatar la vida y no pasa nada. Las autoridades no hacen absolutamente nada porque no tienen no tienen personal capacitado o simplemente se vuelven cómplices de esa mano feminicida. Estamos hartas”.
En 2025, Chimalhuacán fue la localidad de Edomex con el mayor número de denuncias por feminicidio. Hace una década, en julio de 2015, este municipio, junto con otros 10 (Chalco, Cuautitlán, Ecatepec, Ixtapaluca, Naucalpan, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla, Toluca, Tultitlán y Valle de Chalco), entró en la primera declaratoria de Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres (AVGM) en todo el país y para 2019 fue uno de los siete municipios mexiquenses en los que se emitió una segunda Alerta; esta vez por la desaparición de niñas, adolescentes y mujeres.
Según el propio Gobierno de México, contar con la Alerta —institucionalmente presumida como “una estrategia de prevención única en el mundo”—, implica la coordinación y atención oportuna de las autoridades, así como la implementación de medidas presupuestales y administrativas necesarias.
Sin embargo, la historia de Diana demuestra que dista de ser una política suficiente o eficiente. En cada pronunciamiento público, entrevista y conversación, Lidia y Laura enfatizan que las negligencias e irregularidades comenzaron desde la primera instancia a la que acudieron.
La Procuraduría les dijo que no podían levantar la denuncia porque debían pasar 72 horas. Los funcionarios también negaron apoyo en la labor de búsqueda porque, según ellos, Diana podía estar de fiesta o se había ido con el novio.
Fue hasta que la familia, por cuenta propia, notificó a la Procuraduría que el celular de Diana estaba en manos de una joven que aseguraba haberlo comprado cerca de su domicilio que las autoridades actuaron.
Tras más de cuatro horas de espera, únicamente les dieron un volante con el retrato y los datos de Diana; y les dijeron que se trataba de una medida provisional y debían regresar al día siguiente. La dinámica fue así casi durante una semana.
A Diana la desaparecieron, agredieron sexualmente y asesinaron la madrugada del 2 de julio de 2017. La abandonaron en un baldío y vecinos de la Avenida Francisco I. Madero reportaron la localización de su cuerpo. Sin embargo, esta información fue notificada a la familia hasta mucho después.
El 6 de julio, Laura y su papá llevaron unos oficios al Centro de Justicia de Nezahualcóyotl, preguntaron si habían encontrado a alguien con las características de Diana y solicitaron ingresar al Servicio Médico Forense (Semefo), que, inicialmente y bajo argumentos sexistas, intentó prohibir la entrada a Laura.
El cuerpo de Diana no estaba cubierto, ni con las debidas medidas protocolarias; lo tenían en el piso y un funcionario lo señaló con la punta del pie.
Con el paso de las horas, los días, meses y años, la familia Velázquez Florencio descubrió los peldaños que sostienen procesos burocratizados y plagados de misoginia: cuando solicitaron los servicios funerarios se enteraron que el levantamiento del cuerpo de Diana no lo hizo el Semefo, sino la funeraria; en un inicio, los policías identificaron el cuerpo de Diana como el de una persona de sexo masculino; hay dudas de si se realizó el raspado debajo de las uñas y tampoco hubo un buen manejo de evidencias. En el Informe Juicio a la Justicia: Deficiencias en las investigaciones penales de feminicidios precedidos de desaparición en el Estado de México, Amnistía Internacional también acusó que pasó más de un año para que las autoridades regresaran al lugar de los hechos y buscaran la ropa de Diana.
A mediados de enero de 2022, el Poder Judicial mexiquense dictó 93 años de prisión a Jesús Alejandro Montes Moreno por el feminicidio de Diana, luego de que Lizet, su expareja, diera su testimonio. Según su declaración, Jesús y un sujeto que subió al mototaxi que conducía fueron los responsables.
Lidia y Laura han calificado la sentencia como un “trago agridulce” y una justicia a medias, pues además de no tener el paradero del otro feminicida, se ha querido ignorar que las autoridades mexiquenses estancaron el caso de Diana por años.
El seguimiento fue después de que, en plena pandemia por COVID19, Lidia y Laura mantuvieron un plantón frente a Palacio Nacional en el corazón de la Ciudad de México. Ellas y otras familias exigían ser escuchadas y atendidas por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, que durante toda su administración minimizó la violencia feminicida en el país.
El 28 de febrero de 2023, la de Diana fue una de las cuatro familias a las que la Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGEM) ofreció una disculpa pública. Frente al fiscal José Luis Cervantes Lidia rechazó la disculpa.
***
En los límites entre Iztapalapa y Tláhuac (a unas dos o tres horas en bici de Chiumalhuacán), Gitana Paria me abrió las puertas de su casa y del lugar que ha marcado su historia: la Sierra de Santa Catarina, epicentro comunitario y de lucha de las compañeras que plantan cara a las violencias de género desde las periferias de la Ciudad de México.
Como su nombre lo grita, Gitana pertenece a Las Parias Argüenderas, una de las redes ciclistas que han acompañado a la familia Velázquez Florencio en las rodadas.
El primer recuerdo que tiene Gitana sobre Lidia es ella hablando al megáfono afuera del Palacio Municipal de Chimalhuacán. En ese entonces, la difusión del caso de Diana todavía no llegaba a Amnistía Internacional ni a medios con tanto alcance o un abordaje respetuoso. Eran colectivas mexiquenses, asambleas vecinales (Nos Queremos Vivas Neza, por ejemplo), periodistas y creadoras audiovisuales (como Cartografías de la resistencia) las que documentaban y apoyaban estos primeros actos públicos.
“Ya cuando se hizo la primera manifestación en Nezahualcóyotl (no recuerdo muy bien si fue del 8M o del 25N), me invitaron para ayudar a organizar el protocolo de seguridad. Ahí tuve un encuentro con Lidia Florencio más personal; para conocernos y compartir nuestras experiencias en la periferia. Nos hicimos amigas y compañeras de lucha. En 2020 empezamos a utilizar la bicicleta para ir más lejos. Fue una manera de nosotras [las ciclistas] poder acompañar a Lidia y a otras mujeres en los estados”.
Abrigada por la resolana semiprimaveral que despide al último suspiro de febrero, Gitana me cuenta que cuando conoció a Lidia, las mujeres y disidencias organizadas en y de las periferias insistieron en pronunciamientos y actos públicos para descentralizar los activismos.
Varias colectivas dejaron de trasladarse al centro de la capital —puntos específicos de las alcaldías Cuauhtémoc y Benito Juárez, en realidad— para las marchas del 8M, 28S y 25N y, distanciadas de directrices hegemónicas y metropolitanas, tejieron redes con compañeras de Iztapalapa, Milpa Alta, Tláhuac, Xochimilco y los municipios mexiquenses. También optaron por fortalecer su apoyo y alianza con asambleas de otros estados.
Para Gitana Paria el proceso de descentralización no solo significó mirar con mayor profundidad y cercanía las dinámicas particulares de sus espacios cotidianos. También le ayudó a politizar otro tipo de expresiones y acciones contra las violencias hacia las mujeres, como lo es el uso de la bicicleta. El acompañamiento a la familia de Diana cambió su idea y statement de lo que es “rodar juntas”.
“Aprendí a andar en bici desde muy niña, pero no había visto en la bicicleta una potencia consciente [hasta que] se me ocurrió hacer un picnic rodada al volcán Tetlamanche. Estuvo muy lindo porque se acercaron muchas otras compañeras de Tláhuac, Milpa Alta y Xochimilco. Hicimos contacto con banda organizada en bicicleta y nos fuimos potenciando. Pudimos encontrarnos con otras mujeres que empezaron a usar la bicicleta durante la pandemia como una herramienta de resistencia y lucha”.
Gitana contempla nuestro alrededor: frente a nosotras, el cerro, desde el que se ve la ciudad. Esa tarde no pudimos subir; las pendientes estaban llenas de ramas, hojas secas y basura: botellas de vidrio, telas, empaques de frituras y tenis en buen estado. Con el cercado que hace la policía cada vez es más difícil que los vecinos puedan limpiar estos espacios. Apreciar el Xaltepec desde las alturas es una de esas pasiones que las autoridades y empresas han querido arrebatar a las mujeres de Santa Catarina. Gitana piensa en sus compañeras y asegura que pedalear en caravana también le ha dado claridad en el vínculo entre el combate a la violencia feminicida y la defensa del territorio.
“Algo que veo en todas estas luchas y en cómo se entrelazan es la vida. Tanto para la defensa del territorio como para el esclarecimiento de los casos [de feminicidio]. La violencia sistemática atraviesa nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestros territorios: dónde nos movemos y cómo nos movemos. No pienso las violencias por separado. Para mí, están totalmente unidos el hecho de que estén asesinando mujeres todos los días y el hecho de que todos los días estén minando los volcanes. Hay un mensaje muy claro y es que no podemos estar tranquilas, seguras porque el territorio que habitamos tampoco lo está”.
Esta lucha también ha sido motor de Morras Socioterritoriales y Red de Morras Cleteras, quienes han mapeado historias en las que andar en bici dej´ó de ser solo una práctica deportiva para convertirse en una expresión de libertad y autonomía, rechazo a los roles de género y una forma de mirar y habitar los espacios desde y para lo político.
“Si bien hay grupos y lugares que fomentan mucho el uso de bici en la ciudad, nosotras creemos que es diferente cuando se habla desde una cuestión de reivindicación y politización. Andar en bici es poner el cuerpo también para decirle a las personas que nuestros cuerpos se mueven a muchos lados. Para mí, andar en bici es dar el discurso de que podemos hacerlo”. – Frida Quintas (Morras Socioterritoriales)
Siempre, en la cuestión de defensa de territorios se habla de defender la vida ¿Y qué conlleva la vida? Prácticas. Siento que la bici, en este tema de defensa de territorio, puede servir como una herramienta, una forma de vida y una práctica. Creo que algo que he aprendido es a andar en bici de una forma crítica y consciente. Nosotras, cuando rodamos, identificamos y denunciamos lo que está fallando y lo que el Estado debe proveer” -Mer (Morras Socioterritoriales)
“Es interesante notar cómo la bicicleta logra permear otros espacios que no necesariamente están pensados desde el feminismo. Muchas mujeres usan la bici como medio de transporte, pero no precisamente pensándolo en términos feministas, sino como una solución práctica a la movilidad en las periferias. Pero ya cuando te juntas con otras mujeres ves que hay mucho que nos atraviesa, mucho que tenemos en común. Por eso es importante que sigamos teniendo espacios desde la bici para mujeres” – Andrea Gutiérrez (Morras Socioterritoriales)
Cada 8 de marzo, 28 de septiembre y 25 de noviembre vemos más contingentes ciclistas. Protestan contra el patriarcarro, planificaciones urbanas altamente masculinizadas, geografías desiguales y roles de género que durante mucho tiempo nos quisieron convencer de que no éramos capaces de rodar por carreteras o aprender de mecánica.
El poder político y las resiliencias de los biciactivismos también han sido refugio para familias como la Velázquez Florencio, que pedalea por calles y autopistas contando la historia de Diana, en caravanas hacia las cascadas, con destinos hacia la mar o a un mural con su rostro —rodeado de margaritas y de mechones que se escapan de sus trenzas para acariciarle las mejillas— y en el que también se exige memoria, verdad, justicia y reparación para los seres queridos de Marisol, Brenda, Nancy Fabiola, Rosa María y Ana Laura.
Como dice Lidia Florencio, en nuestros espacios pasa y pasa mucho. Acompañar a las familias esperanzadas por ver nuestras vidas florecer también es defender el territorio y de tener presentes a las suyas, a las nuestras.
Este reportaje/podcast fue gracias al tiempo, el apoyo y la confianza de Lidia Florencio Guerrero, Laura Velázquez Florencio, Gitana Paria (Las Parias Argüenderas), Mer, Frida Quintas y Andrea Gutiérrez (Morras Socioterritoriales).

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